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lunes, 5 de junio de 2017

Nuestro insignificante ego y sus aparentes apariencias

A pesar de que muchos de nosotros nos reíamos de nuestras abuelas cuando daban señales de su preocupación por el qué dirán, lo cierto es que como sociedad no hemos avanzado mucho para soltar esas prácticas y seguimos replicando la misma historia.


Más aún, ya la preocupación no es solo por el qué dirán, sino también por el número de likes que se reciben en las publicaciones de las redes sociales y por la cantidad de seguidores que se acumulan, como si esos fueran indicadores para demostrar qué tan importantes somos o cuánto poder hemos alcanzado (o como si efectivamente alguno de nosotros pudiera ser superior a los demás, cuando en realidad somos seres humanos en igualdad de capacidades y condiciones en esencia).

Me pregunto, cuántos de nosotros hemos desperdiciado la vida entera o gran parte de ella en buscar aprobación afuera o en mirar qué hacen y dicen los demás.

Recuerdo por ejemplo alguna vez, a una ejecutiva que al ver que su jefe compró un carro nuevo, ella llegó a la semana siguiente estrenando un carro igual. También se me cruza por la mente la historia de una mujer que anduvo por años mirando detrás de las cortinas a ver qué hacía su vecino de la casa del frente. Y así, son muchas las historias, cada quien conocerá otras tantas.

Y lo cierto es que nadie tiene la vida comprada. Nunca sabemos cuándo será el último minuto en este plano y realmente es un desperdicio usar el “cupo” en la humanidad, parafraseando a una maestra reiki, para simplemente pasarnos con los ojos puestos afuera, sin hacernos cargo de nuestro proyecto de vida y sin cimentar nuestra propia felicidad.

Los juicios, los prejuicios, el qué dirán, la apariencia, las mentiras y las máscaras sirven para jugar al juego social del poder imaginario que hemos creado como humanos y para sentirnos más importantes que los demás, pero como son creaciones del ego, inevitablemente nos impiden vivir en autenticidad y en plena libertad de ser nosotros mismos.

De hecho, al meternos en la cárcel del ego, se elimina casi toda posibilidad de desarrollar todo nuestro potencial creativo.

Como dice Ekhart Tolle, “algunas personas disfrutan períodos de libertad, por cortos que sean, y la paz, la alegría y el gusto por la vida que experimentan en esos momentos hacen que valga la pena vivir. Son también los momentos en los cuales aflora la creatividad, el amor y la compasión. Otras personas permanecen atrapadas en el estado egoísta. Viven separadas de si mismas, de los demás y del mundo que las rodea. Reflejan tensión en el rostro, en su ceño fruncido, o en la expresión ausente o fija en su mirada. El pensamiento absorbe la mayor parte de su atención, de tal manera que no ven ni oyen realmente a los demás”.

Es una verdadera lástima que caigamos en la trampa de darle valor a lo que no lo tiene y es absurdo que creamos que nuestro insignificante ego puede suplir toda la maravillosa plenitud de una vida abundante en conexión con nuestro ser íntimo y sagrado.

En estos tiempos en que he tenido de cerca la muerte nuevamente, a través de dos experiencias de personas cercanas que se fueron de este plano de forma sorpresiva e instantánea, me pregunto si seremos conscientes de que cada minuto cuenta para cumplir ese compromiso ineludible con la existencia.


De nada sirve acumular cosas, si en el cementerio nadie se acuerda de nosotros porque no dejamos ninguna huella ni aportamos nada al mundo.

Libro recomendado:


Fotografias: Freepik y Google.

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