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miércoles, 31 de agosto de 2016

Regresar a la unidad interior

Hace unas semanas tuve la oportunidad de conversar con una colega, quien recién llegó del “Camino de Santiago”.

Para quienes no están familiarizados con el camino de Santiago, se trata de una ruta de cientos de años de tradición, por donde el apóstol Santiago anduvo y que los peregrinos de todas partes del mundo atraviesan cada año.

El camino parte del territorio francés, avanza por el norte de España y termina en el sepulcro del apóstol Santiago.

La motivación para hacer esta travesía es básicamente porque es un recorrido espiritual, aunque también implica toda una aventura cultural y de contacto con la naturaleza.

De todo el maravilloso relato que mi colega hizo, sobre sus más de 700 kilómetros recorridos a pie, durante casi un mes en el camino de Santiago, me llamó la atención ese sentido de solidaridad y de unidad que ella sintió entre los peregrinos y con los lugareños.

Me narró su experiencia en los albergues que son los lugares que hospedan a los peregrinos como ella, en donde se aprende especialmente de tolerancia, comprensión y del poder de lo simple.

También me contó sobre las “coincidencias”, o sea las que yo llamo sincronicidades, que son experiencias que nos ayudan y oportunidades de aprendizaje que se dan cuando fluimos con la vida.

Tal parece que, en el camino de Santiago, las sincronicidades son el pan nuestro de cada día. Esto permite que cada peregrino se encuentre y reencuentre justo con las personas que necesita encontrarse, con las que están en la misma resonancia, con las que requieren andar un mismo tramo a la par.

De tal manera que conocer este nuevo relato del camino de Santiago, me hace pensar que esta aventura es como una metáfora de lo que ocurre en la vida.

Por ejemplo, una semejanza que veo es la relacionada con el fluir.

Es decir, así como ocurre en la vida misma, el camino de Santiago permite comprender que, si nos resistimos, si oponemos nuestra fuerza a las maneras de ser de las otras personas, tratando de amoldarlas a nuestra forma de pensar o de cambiarlas según nuestra conveniencia, la vida se convierte en una lucha. Y resulta que eso que nos empeñamos en cambiar afuera, se nos presenta una y otra vez, hasta que aprendamos que la clave está en aceptar y fluir.  Cuando lo aprendemos, lo que nos causaba resistencia, desaparece por arte de magia.

Otra similitud que encuentro entre Santiago de Compostela y la vida, está relacionada con la forma como nos equipamos para vivir.

Así pues, si en la travesía a pie, el peregrino lleva un morral muy cargado de más cosas de las que verdaderamente necesita, seguramente sufrirá bastante por el peso de la carga. Tal como sucede en la vida, pues si nos cargamos de pensamientos negativos o de nuestro pasado o de las cosas de los demás, nuestro camino se convierte en una prueba desgastante, que nos agota la energía y nos puede enfermar. Entre más ligeros de equipaje caminemos, más fácil es la vida, como en la travesía.

Y así, encuentro varias similitudes entre Santiago de Compostela y la vida. Sin embargo, la que más me gusta, es la analogía en el tema de la unidad.

La unidad es una sensación tan indescriptible, como indispensable. Es una sensación de que somos parte de un mismo universo, junto con todos los demás seres, no importa si son iguales o diferentes.
Y así, aunque no he realizado aún el camino de Santiago, siento que la unidad es el elemento más interesante de la travesía, porque experimentar la unidad es algo escaso por estos días.

El mundo acelerado, el consumismo, la competencia a ultranza, el inmediatismo y el individualismo, nos llevaron a omitir esta necesidad del alma de experimentar la unidad y nos hicieron olvidar lo bien que se siente.

En este caso, la analogía, ocurre al contrario: tal como los lugareños, los peregrinos y la misma naturaleza del camino de Santiago, donde pasan los días como en una gran familia en la que todos caben y comparten, así es la vida misma.

En realidad, no estamos divididos sino unidos. Somos uno para todos y todos para uno. Somos una gran familia planetaria, sin importar la raza, la nacionalidad, la edad o el credo religioso, todos tenemos las mismas necesidades, todos queremos un abrazo, o deseamos llorar en un momento dado, tenemos sueños y, al final del día, todos buscamos ser felices.
Por eso quería retomar esta experiencia de mi colega, y juntarla en mi mente con los relatos que había escuchado antes de ella. Porque me parece que todas esas similitudes del camino de Santiago con la vida, son importantes. Y, sobre todo, porque creo que necesitamos recuperar la sensación de unidad para sentirnos felices de verdad.

Cómo conectarnos con la unidad interior

Genial si podemos ir al camino de Santiago. Pero si no lo hacemos, podemos inventarnos experiencias de unidad.   Les comparto que he aprendido a crear mis espacios para conectarme con esta sensación. Por ejemplo, camino sola, saco ratos para sentarme en medio de la naturaleza, medito y disfruto del silencio.

Lo que se siente es indescriptible. Es paz interior. Esa paz interior surge al tener la posibilidad de conectamos con nuestro ser y, al hacerlo, aunque suene paradójico, nos estamos conectando con todo el universo.  Es una sensación muy cercana a la felicidad total.


Mi invitación es a que cada uno encuentre su propia manera de experimentar la unidad interior porque es parte de nuestra naturaleza y porque nos ayuda a relacionarnos mejor con los otros y con la vida, así como los caminantes de Compostela.

Fotografìas: Freepik, Google.

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