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lunes, 22 de febrero de 2016

¿Por qué sentimos culpa?

¿Has sentido culpabilidad por un error que cometiste hace un tiempo?, o peor aún, ¿has sentido culpa sin que objetivamente tengas una razón para sentirte así?...
Si alguna de las respuestas es afirmativa o si las dos lo son, te puedo decir que no eres la única persona en el mundo que ha experimentado esto. Es más, puedo asegurarte que la culpa está bastante difundida entre hombres y mujeres.
De hecho, creo que hay mucha energía vital desperdiciada en esta emoción, porque se sobrecarga a quien la siente y se logra generar la sensación de que el tiempo se detuvo para que la persona no avance hacia ningún lado.

¿Qué es la culpa?
Este interrogante me lo formulè hace mucho tiempo y quiero compartirles las conclusiones a las que he llegado.
Para responder, quiero comenzar por recordar que la culpa es una emoción rebuscada. Asì decía uno de mis grandes maestros (q.e.p.d.), “la culpa es uno de los rebusques”. Es algo creado por el ser humano para evitar, inconscientemente, relacionarse consigo mismo y con los otros de forma auténtica y saludable.
Siento que esta apreciación tiene todo el sentido porque la culpa es una de las caras del miedo y, como tal, éste no hace parte de la naturaleza humana que es amor y nada más.
Si hablamos de la culpa no en el contexto jurídico, sino en el sentido humano, resulta que sentir culpa es atarnos al pasado, es vivir con el remordimiento de algo que hicimos (o peor aún, de algo que no hicimos), es llenarnos de angustia o de una necesidad de autocastigarnos…
En efecto, la culpa socava la capacidad de tomar decisiones acertadas y de pensar con sensatez. De manera que la culpa atenta contra el carácter de la persona, debilitándola poco a poco, ahogando su energía vital.
Por eso la culpa se convierte también en una tremenda arma mortal de manipulación, usada para establecer mecanismos de sometimiento del otro, en medio de una relación en donde el “culpable” permanecerá atado, mientras continúe dormido, bajo el “hechizo” de la culpa.
En este sentido, vivir con culpa no es vivir verdaderamente, sino que significa morir lentamente cada día.
Si esto es así, la pregunta sería entonces…
¿Por qué sentimos culpa?
La respuesta es simple. Porque nuestras creencias limitantes nos hacen pensar, de forma equivocada, que podemos ser culpables o inocentes de lo que hacemos.
En realidad, no somos culpables de las cosas que hacemos sino que somos responsables de nuestros actos y de las decisiones que tomamos.
La culpa, entonces, es una emoción que aparece cuando no actuamos desde la libertad plena. Es decir que cuando no actuamos desde la libertad, perdemos la posibilidad de tomar decisiones con conciencia y actuar en concordancia con el sentido común que emana la conciencia.
Asì pues, es importante que tengamos la claridad para comprender que realizamos actos acertados o actos desacertados. En otras palabras, que triunfamos o fracasamos con cada decisión de nuestra vida. Pero no es que seamos culpables o inocentes de nuestros actos hechos a conciencia. Por tal motivo, no nos corresponde autocastigarnos o vivir en una relación en donde pagamos nuestras culpas eternamente para satisfacer los deseos de manipulación de otra persona.

En síntesis, la culpa nos hace perder el norte de una vida en conciencia y en libertad.

Fotografía: Freepik.

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